Publicado en diario El Observador de Montevideo el miércoles
28 de mayo de 2008
Adolfo
Garcé (Magíster en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto
de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR)
A
mediados de los años 80’, Irlanda era uno de los países más pobres de
Europa. Hoy es uno de los más ricos: su PBI per cápita pasó del 70% del
promedio de la Unión Europea al 140%. Durante los últimos veinte años el
“tigre celta” logró modernizar su economía, disminuir drásticamente los
niveles de deuda externa, inflación y desocupación, y revertir la tendencia a
la emigración.
Los expertos sostienen que la clave
del “milagro” irlandés es la política de pactos sociales que se ha venido
implementando de modo sistemático desde hace dos décadas. Desde 1987 en
adelante, Irlanda diseña e implementa acuerdos tripartitos (gobierno,
empresarios, trabajadores) trienales en torno a políticas específicas
orientadas a sentar las bases de una economía dinámica y de una sociedad
integrada. (1)
Ni en Irlanda, ni en los demás países
que han recorrido recientemente un camino similar (como Alemania, Bélgica,
Dinamarca, España, Holanda, Italia, Finlandia y Portugal, entre otros), los
acuerdos sociales funcionan sobre
la base de renuncias unilaterales. Por ejemplo, la central sindical irlandesa
aceptó moderar los reclamos salariales en aras de la competitividad de las
empresas irlandesas. Pero, a cambio, los trabajadores recibieron, desde el
Estado, diversos beneficios como la rebaja de impuestos (para compensar los
bajos aumentos salariales) o el aumento en la cantidad y calidad de las políticas
sociales. Nadie renuncia a la defensa de su interés particular. Pero todos
comprenden que existe una profunda interdependencia entre los intereses de cada
parte.
Mirarnos en el espejo de Irlanda
puede ayudarnos a visualizar más claramente algunos de nuestros problemas. Los
irlandeses lograron un desarrollo sostenido cuando los sindicatos levaron el
ancla de la lucha de clases y se comprometieron con la meta de construir una
economía dinámica. En Uruguay, mientras tanto sigue prevaleciendo la
desconfianza y el enfrentamiento entre las tres partes del trípode: los
sindicatos sospechan de empresarios y gobernantes; los empresarios miran de
reojo al gobierno y a los sindicatos; el gobierno, a su vez, estigmatiza a
quienes, en el mundo empresarial o sindical, buscan defender intereses
sectoriales.
Es cierto que, desde que accedió
al gobierno nacional, la izquierda ha generado algunos escenarios de cooperación
con empresarios y trabajadores. El reestablecimiento de los Consejos de Salarios
fue, en ese sentido, un gesto importante. La
iniciativa que más se asemeja, en fondo y forma, a los acuerdos sociales
irlandeses es el “Compromiso Nacional para el empleo, los ingresos y las
responsabilidades”, ejercicio de diálogo tripartito convocado por el Poder
Ejecutivo en mayo de 2005 a través del Ministerio de Trabajo y del Ministerio
de Economía y Finanzas. Sin embargo, una mirada global sobre el clima de las
relaciones sociales muestra que las intenciones del gobierno son mucho mejores
que los resultados.
Es una lástima que esto sea así
porque el gobierno del Frente Amplio generó, desde este punto de vista, una
gran oportunidad histórica. Por primera vez en muchas décadas el gobierno
nacional no tiene enfrente un movimiento sindical dedicado a ponerle palos en la
rueda. Dada la hegemonía de la que aún disfruta en los sindicatos, el FA debería
poder construir un nuevo clima de relaciones entre los principales actores
sociales. Si lo lograra, consolidaría el rumbo ascendente de la economía y, de
paso, se capitalizaría políticamente.
Lamentablemente, no hay demasiadas
razones para ser optimista. Los partidos que dirigen el movimiento sindical
siguen viendo a la acción gremial, esencialmente, como una herramienta de lucha
por el poder. Antes, durante décadas, la usaron como cuña para separar a los
ciudadanos de su apego electoral a colorados y blancos. Ahora pretenden que sea
un mecanismo de reproducción de la confianza de los trabajadores en el FA, como
quedó de manifiesto en algunos discursos del 1º de Mayo. Mientras la dirección
sindical no priorice el objetivo de construir una economía dinámica y
competitiva la imagen de Irlanda nos seguirá acusando desde el espejo.
(1). Puede
leerse una excelente presentación de la experiencia reciente de acuerdos
sociales en: “Los pactos sociales como garantía del desarrollo sostenido”,
Gabriel Molteni, Revista Cultura Económica,
año XXV, nº 70, diciembre 2007, pp.-7-22. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2567596